La pregunta no es qué formato es mejor, sino a dónde va la imagen
JPG, PNG y WebP no compiten por el mismo puesto. Cada uno se diseñó para un tipo de contenido y un tipo de destino, y una imagen que es perfecta en un sitio se convierte en un estorbo en otro: el logotipo impecable en PNG que llega a una web pesando cuatro megas, la foto en JPG que pierde el fondo transparente que necesitaba, el WebP magnífico que un programa antiguo se niega a abrir.
Convertir es simplemente reescribir los mismos píxeles con otras reglas de codificación. Lo que cambia no es la imagen que ves, sino cómo está guardada y, con ello, cuánto ocupa, quién puede abrirla y qué se puede hacer después con ella.
Empieza por el destino
- Una página web o una tienda online. WebP, sin dudarlo. A igualdad de calidad percibida suele ocupar bastante menos que un JPG y mucho menos que un PNG, y todos los navegadores en uso lo entienden desde hace años. Menos peso es menos tiempo de carga, y el tiempo de carga sí lo mide Google.
- Una imprenta o un documento que se va a imprimir. Aquí manda la compatibilidad y la ausencia de artefactos: JPG de calidad alta si es fotografía, PNG si hay texto, logotipos o líneas. Muchos flujos de trabajo de imprenta todavía no tragan WebP, así que evítalo salvo que te lo pidan.
- Mensajería y correo. JPG. Las aplicaciones de mensajería recomprimen todo lo que les entra, así que enviar un PNG de doce megas no mejora nada: solo tarda más en subir. Un JPG bien ajustado llega igual de bien y en la mitad de tiempo.
- Edición, archivo o material que otro va a retocar. PNG. Es el único de los tres que garantiza que no se pierde nada al guardar, y eso importa cuando la imagen va a pasar por más manos y más guardados.
Con pérdida y sin pérdida: qué ocurre de verdad al guardar
Un formato con pérdida —JPG y WebP en su modo habitual— tira deliberadamente parte de la información: matices de color que el ojo humano distingue mal, detalles minúsculos dentro de zonas complejas. A cambio consigue archivos muy pequeños. El deslizador de calidad decide cuánto se tira: valores altos conservan casi todo, valores bajos empiezan a dejar rastros visibles.
Un formato sin pérdida —PNG— no tira nada. Comprime buscando patrones y repeticiones, y al abrirlo recuperas exactamente los píxeles que entraron. Por eso no hay control de calidad cuando conviertes a PNG: no hay nada que graduar.
La regla que casi nadie cuenta
Convertir un JPG a PNG no recupera la calidad perdida. Lo que hace es congelar los defectos que ya tenía y guardarlos en un archivo más pesado. El camino solo funciona en un sentido: puedes bajar de PNG a JPG cuando ya no necesites el original, pero volver a subir no devuelve nada. Guarda siempre la versión más limpia que tengas antes de empezar a convertir.
Transparencia: el detalle que se pierde sin avisar
PNG y WebP guardan, además del color, la opacidad de cada píxel. El JPG no. Cuando conviertes a JPG una imagen con fondo transparente, ese canal desaparece y el hueco se rellena. Es el motivo número uno de los «se me ha puesto un rectángulo negro detrás del logo» que aparecen al final de la jornada.
Así que la regla es corta: si la imagen tiene fondo transparente y quieres conservarlo, tu destino es PNG o WebP. Si vas a JPG a sabiendas, colócala antes sobre el fondo definitivo en un editor y conviértela después.
Por lotes, hasta diez imágenes de una tacada
La herramienta acepta varios archivos a la vez, hasta diez, y les aplica el mismo formato y la misma calidad. Es el modo natural de trabajar cuando preparas todas las fotos de un artículo, un lote de fichas de producto o las capturas de un manual: sueltas el grupo entero, eliges el destino y descargas.
Un detalle que ahorra sorpresas: como los ajustes son comunes a todo el lote, conviene agrupar imágenes parecidas. Mezclar capturas de pantalla con fotografías en la misma tanda te obliga a elegir un compromiso que no favorece a ninguna de las dos.
Qué ocurre dentro del navegador
La conversión son dos movimientos. Primero la imagen se decodifica hasta obtener sus píxeles en crudo, venga del formato que venga. Después esos píxeles se vuelven a codificar en el formato de destino: con MozJPEG para JPG y con el codificador WebP para WebP —ambos procedentes del proyecto Squoosh y compilados a WebAssembly—, y con el codificador PNG que el propio navegador trae de serie.
Que los códecs se ejecuten aquí, en tu equipo, tiene dos consecuencias. Una es la velocidad: no hay subida ni cola de espera, el trabajo empieza en el instante en que pulsas el botón. La otra es que tus imágenes no se transmiten a ninguna parte. No hay servidor que reciba una copia de esa foto familiar, ese documento fotografiado o ese diseño que todavía no has publicado.
Lo que convertir no hace
Cambiar de formato no cambia las dimensiones: una foto de 4000 píxeles de ancho sigue teniendo 4000 después de pasarla a WebP. Si lo que necesitas es que la imagen sea más pequeña en píxeles, la herramienta es redimensionar imagen; y si quieres bajar el peso manteniendo formato y tamaño, la indicada es comprimir imagen. Para conversiones concretas y directas también existen atajos como JPG a WebP, PNG a JPG o WebP a PNG, todos ellos en la página de herramientas.