El problema que resuelve el PNG: los bordes
Haz la prueba alguna vez. Coge una página con texto de cuerpo pequeño, gráficos de barras o un plano con líneas de un punto, guárdala como JPG y amplíala al doscientos por ciento. Verás un halo grisáceo pegado a cada letra y una especie de suciedad alrededor de las líneas, sobre todo donde el negro toca el blanco.
No es un fallo de tu pantalla. El JPG divide la imagen en bloques y describe cada bloque como una suma de ondas de color, descartando las que el ojo no suele percibir. Ese sistema es brillante con las transiciones suaves de una fotografía y desastroso con los cambios bruscos, y el borde de una letra es el cambio más brusco que existe: negro absoluto contra blanco absoluto en dos píxeles.
El PNG no comprime así. Comprime buscando repeticiones y prediciendo cada píxel a partir de sus vecinos, y guarda las diferencias exactas. Resultado: el contorno de una letra se reconstruye píxel por píxel tal y como se dibujó. Sale de la conversión idéntico a como entró.
«Sin pérdida», palabra por palabra
Se repite mucho la etiqueta y se explica poco. Significa que si guardas la imagen, la vuelves a abrir y la comparas píxel a píxel con el lienzo original, no hay ni una sola diferencia. Cero. Con un JPG, en cambio, cada guardado introduce pequeñas desviaciones que se acumulan si vuelves a guardar sobre el mismo archivo.
Eso tiene una consecuencia práctica muy concreta: un PNG aguanta el reprocesado. Puedes recortarlo, ajustar su contraste y volver a guardarlo sin que la calidad se vaya degradando en cada paso. Si esa página va a pasar por un editor, por una plantilla de presentación o por manos ajenas, el PNG te da margen y el JPG te lo quita.
La transparencia y qué esperar de ella aquí
El PNG guarda, además de color, un canal de opacidad para cada píxel. Es lo que permite que un logotipo se apoye sobre cualquier fondo sin arrastrar un rectángulo blanco detrás, y es una de las razones por las que el formato es el estándar en diseño y en interfaces.
Ahora, seamos precisos con lo que ocurre al convertir un PDF: una página tiene papel, y ese papel se dibuja. Los PNG que obtienes aquí traen su fondo blanco opaco, que es exactamente lo que quieres para un documento. La transparencia entra en juego después: como el formato la soporta, puedes abrir el PNG en un editor, recortar el gráfico o el logotipo que te interesaba, borrar el fondo y guardar sin perder los bordes limpios por el camino. Con un JPG ese recorrido directamente no existe, porque el formato no admite transparencia en absoluto.
El precio: cuánto pesa de más
Aquí conviene desmontar un tópico. Se dice que «el PNG siempre pesa mucho más», y depende por completo del contenido de la página:
- Página de texto sobre fondo blanco: el PNG se comporta muy bien. Las grandes zonas planas se comprimen a casi nada y la diferencia con el JPG suele ser modesta, a cambio de una nitidez claramente superior.
- Página con gráficos, esquemas o tablas: colores planos y líneas limpias son el terreno natural del PNG. Es el caso en el que gana por goleada.
- Página con fotografías a toda plana: aquí el PNG puede pesar varias veces lo que pesaría el JPG, sin que la mejora se aprecie a simple vista. Es el escenario en el que no compensa.
PNG o JPG, sin adornos
Esta herramienta tiene una hermana, PDF a JPG, que hace el mismo recorrido con otro destino. No son intercambiables y la elección no es cuestión de gusto:
Quédate en PNG si…
- La página es texto, un formulario, un plano, un esquema o una captura.
- Vas a insertarla en una presentación o en un documento y se verá ampliada.
- Piensas editarla, recortarla o recomponerla más adelante.
- Quieres archivar una copia fiel de cómo se veía el documento.
Pásate a JPG si…
- La página es esencialmente una fotografía o una imagen a sangre.
- Lo que manda es el peso: un adjunto de correo, una subida por mensajería.
- Solo necesitas una vista previa o una miniatura del documento.
Cómo se genera cada PNG
La página se reconstruye con pdf.js, el intérprete de PDF de código abierto que mantiene Mozilla. Interpreta las órdenes de dibujo del documento —tipografías, trazos vectoriales, imágenes incrustadas— y las pinta sobre un lienzo a la escala que hayas elegido. Ese lienzo se exporta después con el codificador PNG del propio navegador.
La opción de resolución multiplica el tamaño del lienzo. Como un PDF mide en puntos y hay 72 por pulgada, la escala normal ronda esa densidad y la alta la duplica; en la práctica, una hoja A4 pasa de unos 595 × 842 píxeles a unos 1191 × 1684. Cuando dudes, sube: en PNG no hay compresión que estropee el resultado, solo un archivo más grande.
Y todo esto ocurre sin que el documento se mueva de sitio. Cero transferencia: el PDF se abre desde tu propio almacenamiento, se interpreta con código que ya está en la pestaña y las imágenes se escriben en la memoria de tu equipo antes de descargarse. Si son varias páginas, se agrupan en un ZIP numerado para que no tengas que guardarlas una a una.
Después, si un PNG concreto se te ha quedado grande, puedes ajustarlo con redimensionar imagen o cambiar de formato en convertir imagen. Y para el camino contrario, montar imágenes en un documento, tienes JPG a PDF junto al resto del catálogo en herramientas.